miércoles, 14 de octubre de 2015

OLIVEIRO GIRONDO - CROQUIS SEVILLANO

El sol pone una ojera violácea en el alero de las casas, apergamina
 la epidermis de las camisas ahorcadas en medio de la calle.

¡Ventanas con aliento y labios de mujer!

Pasan perros con caderas de bailarín. Chulos con los pantalones
lustrados al betún. Jamelgos que el domingo se arrancarán las tripas
en la plaza de toros.

¡Los patios fabrican azahares y noviazgos!

Hay una capa prendida a una reja con crispaciones de murciélago.
Un cura de Zurbarán, que vende a un anticuario una casulla robada
en la sacristía. Unos ojos excesivos, que sacan llagas al mirar.

Las mujeres tienen los poros abiertos como ventositas y una
temperatura siete décimos más elevada que la normal.
                                                                                             
 
                                        Sevilla, marzo, 1920. 

OLIVEIRO GIRONDO - FIESTA EN DAKAR

La calle pasa con olor a desierto, entre un friso de negros sentados
sobre el cordón de la vereda.

Frente al Palacio de la Gobernación:
                                    ¡CALOR! ¡CALOR!
Europeos que usan una escupidera en la cabeza.
Negros estilizados con ademanes de sultán.

El candombe les bate las ubres a las mujeres para que al pasar, el
 ministro les ordeñe una taza de chocolate.

¡Plantas callicidas! Negras vestidas de papagayo, con sus crías en
uno de los pliegues de la falda. Palmeras, que de noche se estiran
para sacarle a las estrellas el polvo que se les ha entrado en la pupila.

¡Habrá cohetes! ¡Cañonazos! Un nuevo impuesto a los nativos.
Discursos en cuatro mil lenguas oscuras.

Y de noche:
                               ¡ILUMINACIÓN!
                                                                        a cargo de las constelaciones

OLIVEIRO GIRONDO - RÍO DE JANEIRO

La ciudad imita en-cartón, una ciudad de pórfido.

Caravanas de montañas acampan en los alrededores.

El “Pan de Azúcar” basta para almibarar toda la bahía...
El “Pan de Azúcar” y su alambre carril, que perderá el equilibrio por
no usar una sombrilla de papel.

Con sus caras pintarrajeadas, los edificios saltan unos encima de
otros y cuando están arriba, ponen el lomo, para que las palmeras les
den un golpe de plumero en la azotea.

 El sol ablanda el asfalto y las nalgas de las mujeres, madura las }
peras de la electricidad, sufre un crepúsculo, en los botones de ópalo
que los hombres usan hasta para abrocharse la bragueta.

¡Siete veces al día, se riegan las calles con agua de jazmín!

 Hay viejos árboles pederastas, florecidos en rosas té; y viejos árboles
que se tragan los chicos que juegan al arco en los paseos.
Frutas que al caer hacen un huraco enorme en la vereda; negros que
tienen cutis de tabaco, las palmas de las manos hechas de coral, y
sonrisas desfachatadas de sandía.

Sólo por cuatrocientos mil reis se toma un café, que perfuma todo
un barrio de la ciudad durante diez minutos.
             
                                                                                             
Río de Janeiro, noviembre, 1920.

lunes, 12 de octubre de 2015

OLIVEIRO GIRONDO - ¡AZOTADME!

¡Azotadme!
Aquí estoy,
¡azotadme!
Merezco que me azoten.
No lamí la rompiente,
la sombra de las vacas,
las espinas,
la lluvia;
con fervor,
durante años;
descalzo,
estremecido,
absorto,
iluminado.
No me postré ante el barro,
ante el misterio intacto
del polen,
de la cama,
del gusano,
del pasto;
por timidez,
por miedo,
por pudor,
por cansancio.
No adoré los pesebres,
las ventanas heridas,
los ojos de los burros,
los manzanos,
el alba;
sin restricción,
de hinojos,
entregado,
desnudo,
con los poros erectos,
con los brazos al viento,
delirante,
sombrío;
en comunión de espanto,
de humildad,
de ignorancia,
como hubiera deseado...
¡como hubiera deseado!
 

OLIVEIRO GIRONDO - PUEDES JUNTAR LAS MANOS


La gente dice:
Polvo,
Sideral,
Funerario,
y se queda tranquila,
contenta,
satisfecha.

Pero escucha ese grillo,
esa brizna de noche,
de vida enloquecida.

Ahora es cuando canta.
Ahora
y no mañana.
Precisamente ahora.
Aquí.
A nuestro lado...
como si no pudiera cantar en otra parte.

¿Comprendes?
Yo tampoco.

Yo no comprendo nada.
No tan sólo tus manos son un puro milagro.
Un traspiés,
un olvido,
y acaso fueras mosca,
lechuga,
cocodrilo.

Y después...
esa estrella.
No preguntes.
¡Misterio!
El silencio.
Tu pelo.
Y el fervor,
la aquiescencia
del universo entero,
para lograr tus poros,
esa ortiga,
esa piedra.

Puedes juntar las manos.
Amputarte las trenzas.

Yo daré mientras tanto tres vueltas de carnero.

OLIVEIRO GIRONDO - PLEXILIO



Egofluido 
                  éter vago 
                                    ecocida 
                                                      ergonada 
en el plespacio 
                  prófugo 
flujo fatuo 
                                    no soplo 
sin nexo anexo al éxodo 
                  en el coespacio 
                                    afluido 
nubífago 
                  preseudo 
                                    heliomito 
                                                      subcero 
parialapsus de exilio 
                  en el no espacio 
                                    ido

OLIVEIRO GIRONDO - FIGARI PINTA

Pinta cielo tordillo,
nube china,
campo llano y callado y compañero,
con blanco mazamorra,
gris camino,
ocre parva
o celeste lejanía;
en silla petizona
—pelo bayo—,
el mate corazón
—¿nido de hornero?—,
en las ramas, de tala,
de su mano
y un pedazo de cuerno
hecho boquilla
en perpetuo delirio
de humareda;
mientras pinta
y se escarba la memoria
—como quien traza cruces sobre el suelo
con pinceles que doman lo pasado;
claros patios de voz azul aljibe,
beata falda,
o entierro jaranero,
mancarrón insolado,
duende perro,
porque sabe rastrear el tiempo muerto,
las huellas ya perdidas
del recuerdo,
y le gustan los talles de frutera,
el olor a zorrino,
a terciopelo,
los fogones de pavas tartamudas,
los mugientes crepúsculos tranquilos
y los gatos con muchas relaciones,
que pinta,
rememora y recupera,
con rojo federal,
azul encinta,
amarillo rastrojo,
rosa rancho,
al revivir saraos encorsetados,
velorios de angelito
caramelo,
tertulias palo a pique,
perifollos,
viejos gauchos enjutos de quebracho,
que describe
con limpia pincelada,
puro candor
y tábano mirada;
para luego tutearse con carretas
o chismosos postigos
de ancha siesta,
o rebaños jadeantes de tormenta;
que pinta y aquerencia en sus cartones
—para algo comió choclo,
entre pañales,
de ingenua chala rubia,
bien fajada
y acarició caderas de potrancas
o de roncas guitarras pendencieras,
en boliches lunares,
ya difuntos—;
mientras mezcla el granate matadura
con el negro catinga candombero
y aflora su sonrisa de padrillo
—un poco amarillenta,
un poco verde—,
ante tanta visión
reflorecida
—con perenne fervor y gesto macho—,
por la criolla paleta socarrona
donde exprime su lírica memoria.